Nuestra Colombia

Por: 
Víctor Manuel Fajardo
24 de Agosto 2016
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Producto de las inconformidades sociales de diversa naturaleza que por parte de la población rural del país se han dado, y de las negociaciones de la Habana donde las Farc juegan su futuro político pretendiendo el posicionamiento e influencia sobre enormes territorios del campo Colombiano y sus habitantes, quisiera escribir algunas consideraciones con el propósito de participar de manera constructiva en la formación del país que queremos.
Producto de las inconformidades sociales de diversa naturaleza que por parte de la población rural del país se han dado, y de las negociaciones de la Habana donde las Farc juegan su futuro político pretendiendo  el posicionamiento e influencia sobre enormes territorios del campo Colombiano y sus habitantes, quisiera escribir algunas consideraciones con el propósito de participar de manera constructiva en la formación del país que queremos.
 
En términos generales la sociedad Colombiana ve con buenos ojos que los habitantes del campo accedan a unas mejores condiciones de vida, si bien han sido vistos como ciudadanos de segunda, y la indiferencia y el olvido han sido el común denominador, en las masas urbanas aún existe la percepción que su rol social, su aporte en la provisión alimentaria, su papel de vigías de territorio, y sus desarrollos en la fundamentación cultural que le da identidad al país, y que  nace de su esencia y presencia en los territorios, constituyen un patrimonio que todos quisieran preservar.
 
Por ello cuando por diversas circunstancias se emprenden iniciativas de apoyo a sectores rurales en términos generales no se presenta resistencia ciudadana ni enconados contradictores a tales propósitos.
 
No obstante lo anterior, el sector rural sigue siendo golpeado por lastres de toda naturaleza y lo que rampea transversalmente a sus habitantes es la sensación permanente de tener una vida en que la pobreza, la exclusión, y el pesimismo se van posando en sus vidas y en la de sus hijos como un cáncer que socava y consume sus entrañas.
 
Algo muy grave ocurre en la estructura social del país, la movilidad social rural del país está paralizada, aquel que se empeña en continuar en el campo su actividad, en términos generales se condena a perpetuar el estrato en el que vivieron las generaciones que le precedieron. Si esta condición se va a continuar dando, difícilmente el país encontrará senderos de convivencia, reconciliación y progreso.
 
Son los Estados los responsables de este tipo de realidades y, por supuesto, los mismos los que a través de acciones surgidas al tenor de políticas bien concebidas pueden direccionar al sector por el camino correcto.
 
El Estado Colombiano ha querido y no ha podido superar esta oprobiosa situación del campo Colombiano: presidentes y ministros de Agricultura de los últimos 100 años han planteado reformas agrarias, diseñado  políticas sectoriales,  procurado en vano propiciar condiciones para que la ruralidad del país genere desarrollo  y bienestar a sus habitantes.
 
Y en este propósito lo que se ha dado son muestras de debilidad, de improvisación y de falta de planeación  en los desarrollos que se dan con las políticas agropecuarias  y los programas sobrevinientes. Instituciones de Gobierno cuyos pares en otros países son ejemplo de eficiencia basados en la vinculación de técnicos y analistas económicos de la más alta calidad humana y profesional enfocados en la formulación de proyectos que generan desarrollos enormes en el sector, en Colombia tristemente son cambiados por escenarios donde el favor político, el clientelismo, la ineptitud y la corrupción hacen escala perdiendo así la esperanza de que el país abandone estos lastres sociales.
 
Hoy priman las ambiciones institucionales y personales, las políticas públicas en función de favorecimientos y en los ciudadanos que poseen capacidad y liderazgo no existe intención real de participar en la solución de problemas comunes de nuestra sociedad.
 
El modelo de ayuda al campesino no ha funcionado, se requieren orden, planificación por regiones productivas, educación pertinente, servicios públicos eficientes - esos si subsidiados - pagos ambientales, vías terciarias, y políticas abiertamente comprometidas con la sostenibilidad de los cambios requeridos.
 
No más del asistencialismo mal concebido, del que limita la imaginación,  y la creatividad, no más politiquería so pretexto de ayudar al campesino, no más asociatividad nacida de la iniciativa de intermediarios, que está en el papel y no en razones reales y propósitos comunes.
 
Necesitamos que los líderes y la población Colombiana piensen primero en nuestro país y en su futuro, y menos en las particularidades, hoy el estar del lado de una concepción de vida, de una  afiliación política,  social o religiosa condena a las personas a ser miradas por quienes no comparten su posición como enemigos y como blanco de todo tipo de agravios y agresiones.
 
Nos negamos a mirar del lado de nuestro contradictor, sin darle cabida a el perdón real y a la misericordia por el que nada tiene.
 
En el país hoy se abren brechas por las que transitaran nuestras próximas generaciones, cada ciudadano de los que vivimos acá debiera asumir una responsabilidad, un compromiso y un acto de fe para poner lo mejor de su condición, y encaminar en un frente común a Colombia por el sendero de la hermandad y la convivencia armónica.
 
Vivimos tiempos de peligrosa polarización en las que son desdeñadas las más elementales y a su vez sublimes expresiones de humanidad; reconciliémonos con nuestros semejantes especialmente con quienes no compartimos sus principios, para abrir la puerta donde se encuentren al bien común, a la tolerancia y a la convivencia entre las familias del país.
 
Esa es la única paz válida, cierta y exenta de riesgos que Colombia necesita.