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La justicia es un carnaval

Por Fernando Londoño - 24 de Marzo 2015

La Justicia se volvió un carnaval, entendido en el peor de los sentidos que pueda tener, con la Constitución del 91. La mayoría de los constituyentes, que no sabía a derechas que era un proceso ni qué una sentencia, oyeron decir que el sistema de elección de los magistrados, por la vieja cooptación, era nido de amiguismos y compadrazgos. Así que furiosos sin saber mucho por qué, crearon un nuevo sistema, esta vez de amiguismos y compadrazgos, con el adobo magnífico de la politiquería. Hoy la Justicia tiene origen en el Congreso o en la Presidencia. Basta con decirlo.

La Justicia se volvió un carnaval, entendido en el peor de los sentidos que pueda tener, con la Constitución del 91. La mayoría de los constituyentes, que no sabía a derechas que era un proceso ni qué una sentencia, oyeron decir que el sistema de elección de los magistrados, por la vieja cooptación, era nido de amiguismos y compadrazgos. Así que furiosos sin saber mucho por qué, crearon un nuevo sistema, esta vez de amiguismos y compadrazgos, con el adobo magnífico de la politiquería. Hoy la Justicia tiene origen en el Congreso o en la Presidencia. Basta con decirlo.   Hija de la Constitución del 91 es la Corte Constitucional, que es lo peor que le ha pasado a la Justicia en los últimos 200 años. Y esa Corte, para la que curiosamente no se requiere saber Derecho Constitucional, empezó a desbaratar el país.   Se inventó, por ejemplo, que la tutela procede como remedio para cualquier derecho ofendido, y no solo para los derechos fundamentales como la Constitución dispone expresamente. Y la convirtió en lo que es. En una instancia que se falla en diez días, que tiene una segunda instancia inundada de miles de tutelas de las que se defiende como puede, y que remata con la gloriosa revisión de la Corte Constitucional, donde se escoge una entre miles, repugnante tómbola que maneja, como le da la gana, un solo magistrado.   Esa misma Corte se inventó las tutelas contra sentencias, barbaridad conceptual donde las haya, que puso a las cortes a pelear entre ellas mismas, y a la Constitucional de suprema instancia en lo penal, lo civil, lo laboral, lo administrativo, lo disciplinario, lo financiero, lo societario.   Se dio la misma Corte facultades de constituyente y de legislador, cuando se inventó la belleza de las modulaciones, vulgar expediente para olvidar su carácter de guardián de la Constitución y de las Leyes. Mucho mejor que eso, por supuesto, es hacerlas. Así se convirtieron en dueños del país.   El Consejo Superior de la Judicatura es otro adefesio. De origen político,  es la fuente de donde brotan los candidatos a las altas cortes. El que domina ese Consejo, es dueño de todo el poder judicial de la Nación. Y ese Consejo lo dominan los políticos. Saquemos conclusiones, amigos.   La Corte Constitucional está envuelta en un feo negocio, que quiere resolver sacrificando a uno solo de los magistrados. Que para decir verdad, no es mejor que ninguno de los otros. Pero tampoco peor.   A la Corte se le olvidan las farras patrocinadas por un tal Ascensio Reyes; se le olvida el paseo a Neiva, pagado por Ascensio en honor de uno de los más lamentables Presidentes que tuvo la Corte Suprema de Justicia, Yezyd Ramírez; y el Paseo a Santa Marta, pagado por Ascensio, donde se fueron emocionados a volar cometas; y la fiesta impúdica en las corralejas, con su mentor Giorgio Sale; y cierta borrachera en La Enoteca, del mismo Sale y del Mono Mancuso, y el maravilloso seminario que celebró la Constitucional en Barranquilla, con todo pago por Víctor Pacheco.    Lo demás, viene por añadidura. Como las cuarenta y tantas visitas de Pacheco a los magistrados de tan augusta corporación. Y las incontables veces que los visitó Giorgio Sale, y las demás visitas de los que terminaban favorecidos, de buenas ellos, en las tómbolas de la tutela. La Justicia es un Carnaval. Y Pretelt