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Gustavo Petro y la guerra civil

Por Eduardo Mackenzie - 06 de Febrero 2024

¿Gustavo Petro está decidido a desatar la guerra civil en Colombia para mantenerse en el poder?

Lo que él escribió este 2 y 3 de febrero en X, los textos más desenfrenados y desafiantes de todos los que ha publicado desde que llegó a la Casa de Nariño, deja planear ese horrible fantasma, hasta el punto de que el presidente del Congreso, Iván Name Vásquez, el vicepresidente de la Cámara de Representantes, Juan Espinal, el Consejo Gremial Nacional y el general (r.) Eduardo Zapateiro, y miles de ciudadanos, expresaron inmediatamente su asombro y su inconformidad ante la conducta aventurera del mandatario.

Pedro clama que hay en curso una “ruptura institucional” y que él debe, “como presidente de la República”, avisar al mundo entero que hay “una toma mafiosa de la Fiscalía”. Tras esas mentiras monstruosas él llegó a exigir “la máxima movilización popular por la decencia”. Entendamos: Petro, el gran manitú de la decencia, combate a los otros, quienes deben ser aplastados hasta con ayuda foránea. El iracundo jefe de Estado llegó a pedir que “delegaciones internacionales” y organizaciones extranjeras entren en acción para protegerlo. Él mismo despachó su colérico mensaje en cinco idiomas, incluido el árabe. ¿Está esperando que Hamás le envíe milicias para que masacren a los colombianos inconformes?

Según el general Zapateiro, esas palabras son “un irrespeto a los colombianos” y una “incitación al desorden”. Iván Name sostuvo que las gesticulaciones de Petro llevan a la “confrontación civil” —lo que quiere decir guerra civil, en términos menos explícitos—.

Numerosas personalidades advierten: Petro es el “único responsable si el país se sale del orden”. Tal certeza va lejos e incluye personas que votaron por Petro en 2022. Algunos petristas convencidos están callados. O lo han respaldado de manera inaudible.


Un consejo de método


Al analizar este nuevo episodio de la crisis del gobierno deberíamos evitar recurrir a los conceptos y al vocabulario que Petro arroja como huesos. La tal “ruptura institucional” no es el debate. Lo que él dice sobre la Fiscalía, el Fiscal Francisco Barbosa y la Procuradora Margarita Cabello no es el debate: ellos no investigan al hombre sino sus hechos. Lo de la “decencia” de Petro no es el debate. Lo del “golpe blando”, que él sacó del cubilete en octubre de 2022, no es el debate.

La verdadera cuestión es la del poder y su continuidad. La cuestión es saber cuál será la forma del asalto petrista inminente. ¿Logrará o no quebrar la justicia penal y disciplinaria, y amordazar a los líderes de la oposición, al Congreso y a la prensa? El golpe que Petro trata de darle al expresidente Pastrana es una movida de largo alcance, no es sólo una venganza personal. Petro está dispuesto a correr riesgos. ¿Irá hasta la guerra civil?

Lo que le ocurrió a otro desesperado, Pedro Castillo, quien no vio otra salida sino el autogolpe en Perú en 2022, creyendo que el Foro de Sao Paulo lo salvaría, es de actualidad. ¿Acaso hay otro medio para que esa gente obtenga la hegemonía? La audacia de Castillo terminó mal y sus hordas callejeras no lo salvaron del penal Barbadillo, pues el Congreso, las Fuerzas Armadas y el pueblo peruano reaccionaron rápido y con determinación. Ese episodio llena de pánico a Petro.

El invierte el orden de los factores esperando vender la imagen de que él restaurará el orden violado por sus enemigos. Pero su llamado a la “máxima movilización popular,” y a organizaciones extranjeras, muestra el aislamiento en que está. No olvidemos que horas antes de esta crisis, en la Casa de Nariño Petro le pidió la renuncia a todos sus ministros, por boca de Laura Sarabia, y que un funcionario renunció quejándose del anti liderazgo de Petro en los asuntos del Estado (1).

Petro llegó entonces a un punto muerto: sin apoderarse de todo el Estado —la norma en Venezuela, Nicaragua, Cuba—, sus compromisos con el narco-comunismo no serán realizados.


La bebida más venenosa


Puesto que él se muestra como la víctima de una oposición “mafiosa” (esta vez no utilizó el sambenito de “fascista”), Pedro ordena al sindicalismo servirle de fuerza de choque. Lo primero que hizo la CUT, la única central que aceptó ese dictado, fue conminar a la Corte Suprema de Justicia a llevar a cabo “inmediatamente” la elección del nuevo fiscal general de la Nación. ¡Insolencia insólita! ¿Los magistrados quebrarán la rodilla? La premura de Petro y del PCC es evidente: tener un fiscal de bolsillo que desaparezca los expedientes candentes que arrastran Gustavo Petro y su hijo, destruir la independencia del poder judicial y convertir la Fiscalía, la Procuraduría y la Corte Suprema de Justicia en los vagones de cola del poder ejecutivo.

Pero ese trago es tóxico. El CGN enfatizó que “la independencia de las ramas del poder público son los principales mecanismos definidos por nuestra sociedad para tramitar las diferencias que existan en democracia, incluyendo la solución a reclamos jurídicos y la exigencia en la protección y garantía de los derechos de todos los ciudadanos, especialmente si se trata de líderes políticos y autoridades”.

Conclusión: Petro fracasó como presidente pues no descifró el funcionamiento de la sociedad ni el del Estado colombiano. Su visión del mundo no ha cambiado desde que era un siniestro operador del M-19 y sigue estando basada en el criterio de la arbitrariedad y la violencia extrema como métodos para alcanzar objetivos.

Creyó que, al llegar a la presidencia, podría someter a los otros poderes, y a la prensa y a la oposición extraparlamentaria. Se equivocó. Las instituciones funcionan, aunque con defectos, pero no con poco coraje, y éstas son las que han frenado y hasta deshecho los planes hegemonistas.

Hasta hoy los organismos de control, y la rama judicial, son los que están jugando el mayor papel en la contención del narco-comunismo. No es la fuerza pública —víctima de una crisis de dirección provocada por Petro mismo—, ni la oposición parlamentaria, los que han hecho ese trabajo. Una parte del mundo político está en la llamada oposición “constructiva” y en la rutina de los comentarios ante los desastres que crea Petro todos los días. Esa oposición cree que lo de Petro son “reformas” y no demoliciones, y no apoya las iniciativas de la sociedad, como las protestas, marchas y manifestaciones, aunque algunos de sus voceros participan, ni las demandas ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes y sigue silenciosa ante el hostigamiento que sufre el expresidente Pastrana. Tampoco toma acciones en defensa efectiva de la prensa perseguida por el poder y de las redes sociales que luchan contra los ataques y la desinformación de las “bodegas” petristas, impulsoras del “estallido social”. Esas almas tibias deben despertar.

Constatar amargamente que el jefe del Estado no es el jefe de todo el Estado fue la divina sorpresa de Petro y que en Colombia los tres poderes existen y gozan del respaldo de los ciudadanos y hacen su trabajo, con tropiezos o no, para que las libertades no sean avasalladas por una minoría subversiva que ya anunció que no devolverá el poder en 2026.

(1).- La revista Semana escribió (3 febrero 2024): “Por ahora, la única renuncia fue la del director de Planeación, Jorge Iván González, quien salió del cargo en medio de profundas diferencias con Petro. González le reclamó a Petro porque, al parecer, el presidente podría incumplir compromisos presupuestales con obras en Antioquia”.

5 de febrero de 2024